POR LAS QUEBRADAS

Epifanía de siglos. Misterio expuesto a mis ojos y al corazón que busca en soledad un destino colectivo.
Devengo animal, piedra, árbol, grito, lentitud, melancolía andina.
De pronto, un puñado de mujeres coyas con sus niños cortan la ruta por unos minutos con una pancarta:”Viviendasdignas para nuestros hijos.”
Rostros marcados en los cerros, centenarios y oscuros como el de las viejitas que tan bellas van de aquí para allá con sus cargas y sus sombreros que les dan un peculiar señorío.
A medida que sube el ómnibus, el cielo se pone más y más azul y el sol me recuerda que hay tarde para rato.
Cardones erguidos con sus dedos espinosos.
Baile: Damas gratis, reza el cartel. La cumbia llegó a la quebrada.
Cableados, casitas, una choza, autos, algunas camionetas poderosas, algún caminante indio, mochileros jóvenes y rubios, vías muertas que alguna vez eran el mundo de los trenes y la vida de los pueblos que se llevaron los 90, una bandera argentina y más adelante, la insignia multicolor de los originarios. Después, sólo un mástil oxidado.
A medida que avanza el micro, todo se vuelve más seco; apenas algunos sembradíos.
Cerros como pirámides: ojos del tiempo.
Se me tapan los oídos.
Y otra vez el rojo, el rosado, el verde y hasta un gris metalizado con los que la luz pincela los picos.
Un heladero sube en una parada. Al principìo nadie le compra, pero nos hace reir y todos terminamos con un palito bombón helado.
Dicen las copleras que cantan pa’ ahuyentar las penas allá arriba : paraíso de la Pacha generosa.
Chiquitos y cabritos: les sobra ternura, aunque los unos se comerán a los otros.
Pasamos por un típico cementerio andino, habitado por los ancestros a los que alegran flores de papel.
Alguna vez yo también tendré que despedirme.

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